jueves, 15 de marzo de 2012

El baño



Escucho el timbre de la entrada, me seco las manos después de comprobar la temperatura del agua y enciendo rápidamente las velas. Abro con decisión la puerta y te invito a pasar con una sonrisa mientras cargo con tu maleta. Después del abrazo, observo en tu semblante las señales de tus agotadores alumnos y del largo viaje en automóvil. Te acompaño al baño entre besos y risas, tu mirada al entrar es de sorpresa y agradecimiento, cierro la puerta al salir para que te pongas cómoda en la intimidad, mientas busco el CD de Ralph Vaughan Williams y dejo los violines de The Lark Ascending volar por toda la casa.
Levanto la vista del libro, miro la hora y me dirijo en silencio hacia el baño. Al abrir la puerta la visión me emociona, las tenues luces de las velas que se reflejan en el espejo empañado, iluminan los matices de tu cabello, que cuelga por el exterior de la bañera, el perfume de las sales de baño te envuelven, la paz se puede tocar.
Te devuelvo a la consciencia con un beso en la frente, mientras sujeto la suave toalla, al verme, te levantas con pausada elegancia, acompañada por el sonido de las gotas al caer, te quito con delicadeza algunos pétalos de rosa adheridos a tu piel.
Seco tu cuerpo con delicadeza, estamos en silencio, hablando con la mirada, entretanto recorro tu belleza y me enciendo por dentro. Te pones el albornoz con un movimiento felino y me sonríes mientras haces una trenza en tu melena. Al salir del baño sorprendida al ver la habitación, te das la vuelta y me miras de forma picarona, me acaricias el mentón, te despojas del albornoz y te tiendes en la cama bocabajo.
Sobre la cama, un masajeador de bolas y una bandeja de aceites, repartidas estratégicamente velas perfumadas por todo el cuarto. La persiana bajada, las velas y los violines dan a la habitación un aspecto de templo donde la divinidad a la que adorar eres tú.

Froto mis manos para calentarlas y las unto de aceite de azahar que me parece sedante, calmante y afrodisíaco. Lo aplico suavemente y me siento libre para frotar el aceite por la espalda, los brazos, las piernas, las nalgas, el pecho y el cuello. Todas mis terminaciones nerviosas acarician tu cuerpo, mi fuego interior aumenta al son de tus diminutos gemidos. Con las yemas de mis dedos separados rastrillo tu piel con líneas ondulantes alrededor de tus pechos como en un jardín zen , sería una visión para la meditación, sino fuera por la alta carga de sensualidad que tiene. Voy bajando la intensidad del masaje adaptándolo a tu respiración que cada vez es más sosegada.
Levanto las manos las manos, al sorprenderme tu idilio con el dios Morfeo, me levanto con suavidad y te tapo con la sabana. Te vuelvo a mirar ya desde la puerta antes de apagar las velas y tengo la tentación de despertarte… estás tan bella.

Me bebo las ganas con una copa de vino blanco, mientras busco separador del libro. Niego con la cabeza en silencio y con una sonrisa, maldiciendo mi suerte, pero con la absoluta convicción que mañana será un gran día.

Arrecife de coral



Recuerdo el día que salí con mis amigos fuera de nuestro habitad natural y te conocí. Como un submarinista me sumergí en un entorno desconocido para mi, estuve flotando entre tu mundo y el mío con las limitaciones propias de la apnea. Cuando ya nos íbamos te vi, maravillosa, bella, como un arrecife de coral, los rayos del sol te iluminaban, la belleza de tus colores era hipnótica, llenaba los pulmones y bajaba rápidamente, me mezclaba con cromáticos peces que te rendían pleitesía, las anémonas que estaban contigo se contoneaban a merced de las corrientes, las esponjas de distintos tamaños te adornaban. Todo era un sueño, frustrado por la brevedad de mis encuentros decidí volver con mis amigos, para contarles mi experiencia. Todos sonreían y coincidían en que estabas fuera de mi alcance, molesto por sus comentarios decidí ignorarlos y buscar el medio de estar contigo. A los pocos días invite a mi mejor amigo a que me ayudara en la que ya era mi obsesión, cuando vio el precio de lo que iba hacer, se negó por completo e intento disuadirme, pero mi respuesta fue el desprecio y la irá.

Gasté hasta lo que no tenía, para hacerme con un equipo que me llevara a ella de nuevo, navegué con mi nueva barca de nuevo al arrecife, que seguía sobresaliendo del fondo majestuoso haciendo sombra a otras estructuras que había alrededor. Comprobé las botellas y me sumergí a su encuentro seguro de mí, recorrí con mimo sus colores, su exuberancia y sus encantos, seguía buceando, pero no veía su interior, solo los bonitos brillos de su superficialidad, angustiado por el revés, decidí un contacto físico. En ese momento sentí el ataque de todos sus lacayos, morenas, crustáceos hasta tortugas, se arremolinaban ante mí sentí el dolor de sus risas y bromas, cuando me disponía a salir hacia la superficie. Pero no tenías bastante, necesitabas hacerme más daño, así que ayudada por las corrientes marinas, me succionaste hacia ti, en ese momento pude notar tu interior, bajo tus colores y esponjas, ahí estabas.

Estructura pétrea cortante de infinitas formas envuelta por la amorfa regularidad del océano, rasgabas mi barca a tu antojo, detrás del remolino de pedazos pude ver claramente las estructuras del fondo que estaban a tu alrededor. Naufragios anteriores con un manto de sedimentos de burla y olvido.
Subí a la superficie sujeto a un pedazo de la autoestima que aun me quedaba y quede a la deriva, con la humillación del que se siente idiota. No se el tiempo que pasó hasta que mi amigo salió en mi búsqueda, cuando me recogió en mi mirada se leía, lo siento, tenías razón, en la suya yo buscaba: te lo dije, pero encontré la de; amigo, vamos a casa.

Ha pasado mucho tiempo y ya recuperado de las heridas, he vuelto salir en muchas ocasiones de mi habitad natural, con maravillosas experiencias.

Un amigo me contó que la belleza superficial del arrecife fue destrozada por un buque que navega lento, constante e inexorable, que se llama edad.

No superó el dejar de ser la reina del atolón, su recuerdo aun me estremece y me entristece su final, si bien me hizo daño, hace mucho aprendí que fui mucho más afortunado, tengo amigos en vez de lacayos.

El rayo verde



Cansado de varios días de fiesta en la isla, hoy me he desmarcado de mis amigos y he decidido conocer el lado tranquilo de Ibiza. Me quito el casco que esta ardiendo por el sol de media tarde, busco monedas en el bolsillo, mientras entro a la caja de la gasolinera, mi motocicleta alquilada esta tan seca como yo.
Me recibe una hermosa sonrisa, que hace aflorar mi torpeza al derribar el soporte de las postales, ella se acerca ayudarme a recogerlas, mientras me disculpo, le pregunto alguna playa que se vea bien el atardecer, amablemente me indica una cala muy tranquila mientras cojo un refresco de la nevera. Me despido también con agradecimiento y le sonrío con la esperanza de encontrármela allí, por que ahora sabía que ella la frecuentaba cuando acababa su turno.
Después de visitar todos los sitios más bonitos que indicaba el plano me dieron en el hotel, me dirijo a Cala Conta, la playa está rodeada por dos laterales rocosos y al final ofrece, como un regalo extra, una pequeña cala a la que se puede acceder por unos escalones excavados en la roca. Aparco en una explanada justo antes de bajar a las calas, el inconveniente es que en verano está bastante llena, en la zona hay muchas urbanizaciones, aun así cabemos todos. El sol ya esta tomando un rojizo espectacular, me situó estratégicamente, para ver si reconozco la bella sonrisa que me indicó este precioso lugar.
Cuando ya lo daba por imposible, note unos golpecitos en mi hombro. Allí estaba ella, despojada de su uniforme de trabajo, con el típico vestido blanco Ibicenco, pelo suelto al viento y con la misma maravillosa sonrisa. Nos acomodamos sobre la arena que contrastaba con sus aguas increíblemente transparentes. Tras presentarnos formalmente, cogió mi brazo y empezó a contarme leyenda del rayo verde, hecho natural producido por el la puesta de sol en un horizonte entre el mar con un cielo sin limpio y sin nubes. Es complicado de ver porque sólo aparece en el momento justo en que el sol desaparece en el horizonte. Podía verse, por aquellas personas que estaban verdaderamente enamoradas. Otra variante es que si dos personas contemplan este rayo a la vez, se enamoran al instante la una de la otra. Le miré, le sonreí y le ofrecí mi mano abierta, ella aceptó inmediatamente.
Observamos la maravillosa imagen, el mar mediterráneo en calma lucia sus mejores galas en un color añil que contrataba con el naranja perlado del cielo, apreté la mano de mi acompañante y el tiempo se detuvo por unos instantes al mirar atónito un pequeño destello paralelo al horizonte de color amarillo y verde. Cuando desapareció se oyó los gritos eufóricos de alguno de los presentes, que me hicieron volver a la realidad. Me giré suspirando hacia ella, dando por hecho que estaría acostumbrada a este espectáculo, cuando vi sus ojos brillantes apunto de llorar. Me comentó con asombro que hacía tres veranos que trabajaba en la isla, que acudía casi todos los días al atardecer y que hasta hoy nunca lo había visto. No sé quien de los dos estaba más emocionado, la brisa marina nos envolvía y rumor que producía la gente al marcharse, nos invitaba a irnos.
Fuimos hacia donde tenía la motocicleta en silencio, le pregunte si tenia hambre y si conocía algún sitio para cenar, ella volvió a sonreír, la luna se reflejaba en sus dientes.
Era un chiringuito frecuentado por gente de la zona y muy pocos turistas, sin grades lujos, pero con un pescado fresco excepcional, el vino blanco frió y la maravillosa compañía hacia que me preguntará si la ambrosia de los dioses del Olimpo tendría este sabor. Pasamos la cena entre las risas y las caricias románticas de nuestras manos, solo roto el encanto por las llamadas de teléfono de mis amigos, recordándome que al día siguiente regresábamos. Después de la cena la lleve a su casa, que compartía con más gente a por algo de abrigo y decidimos ir a dar un paseo por la playa.
Caminado juntos por la orilla, el reflejo de la luna ondúlate, nos acompañaba, buscamos el refugio de una pequeña barca donde nos despojamos de la ropa y nos cubrimos con el deseo de una noche de verano, recorrí su cuerpo con mis labios y sus gemidos los ahogaba el rumor de las olas. Extasiados por una noche de lujuria, abrazados por el fresco y a medio vestir, vimos los primeros rayos del sol que salía por la pequeña montaña de nuestra espalada.
La despedida bajo su casa fue en silencio, todo lo que dijéramos sería una mala descripción de los momentos vividos, nos abrazamos, besamos y despedimos con los ojos rojos del sueño, pero sobre todo de la emoción. Cuando cerró la puerta solo me quedó de ella su recuerdo y un pequeño papel con su número de teléfono. Me coloqué el casco sobre mi cabello lleno de arena, volví al hotel y a la realidad.
Salgo del aparcamiento del aeropuerto con mi coche, que esta tan seco como yo, así que voy a una gasolinera, entro a la caja y veo el mismo uniforme, pero un hombre de media edad y cara de pocos amigos me atiende, al pagarle veo horrorizado que he perdido el pequeño papel. Sigo mi camino recordando cada detalle del día anterior y preguntándome si es leyenda o fenómeno de la refracción lo que producía un efecto óptico.
Sea lo que sea lo experimentado ese día, sé qué la madre naturaleza adornó la belleza de mujer, con el destello de un rayo verde.

jueves, 20 de octubre de 2011

La rosa



Como todas las mañanas Juan salía al jardín y se dirigía con paso lento al invernadero que hizo construir ya hace algunos años y como todas las mañanas Gema lo observaba desde la ventana de la cocina mientras retiraba los vasos del desayuno. No podía dejar de pensar al verlo, que se marchitaba poco a poco como las flores que él cuidaba con tanto esmero, un escalofrío recorrió su cuerpo. Recordó el día que le diagnosticaron la enfermedad y la entereza con la que asumió su nuevo reto, vencer al cáncer. Siempre había sido un luchador, levantó una prospera empresa de la nada, de personalidad arrolladora y de sonrisa contagiosa, conseguía todo lo que se proponía.
Ella lo adoraba, su matrimonio siempre fue una continua complicidad entre ellos, él nunca se llevaba el trabajo, ni los problemas a casa y siempre tenía un comentario ingenioso que la hacía reír, detallista y buen amante, Gema se sentía totalmente dependiente de él, lo necesitaba como el aire que respiraba, no concebía la vida sin él. Apoyada en la ventana, le miraba como mimaba a sus rosas, muchas veces se sentía celosa de esos rosales, pero sabía que le distraía, lo veía feliz y como siempre dentro del invernadero música de violines, era una escena muy apacible, sonreía mientras se esforzaba para no llorar.
El timbre del teléfono le hizo volver a la realidad, le sorprendió que le llamara Emile, un amigo francés de Juan al que conoció en un chat de jardinería hace un tiempo, entre lo mal que hablaba el español y lo excitado que estaba, Gema no sabía lo que le decía, así que se apresuró a llamar a su marido.
La cara de Juan era la viva imagen de la felicidad mientras estaba al teléfono, reía y se movía nervioso, cuando colgó, Gema lo miraba con ojos como platos a la espera de una explicación, su marido se dirigió a ella, le beso en la mejilla y le dijo sonriente

- Vamos hacer las maletas que nos vamos a Paris – comentó como si nada –

- ¿Cómo? – exclamó ella –

- Si, hace años que no vamos y tengo que hacer allí una cosa – le dijo con toda naturalidad –

- Pero Juan, así sin más ¿Cuándo nos tenemos que ir? – le preguntaba ella desconcertada –

- Esta tarde, voy a llamar para sacar los billetes de avión – se acercó y le cogió la mano con suavidad – No lo pienses, vamos hacerlo como siempre lo hacíamos … pensado y hecho, yo me encuentro bien y nos vendrá genial el cambiar de aires, no preguntes solo déjate llevar - le dijo con esa sonrisa irresistible –

Eran las 10 de la noche, cuando el Capitán informó que debían abrocharse los cinturones y colocar el asiento en posición vertical, estaban llegando al aeropuerto Orly de París. Inmediatamente Juan comenzó a buscar entre tantas luces, la Torre Eiffel iluminada, al poco tiempo encontró lo que buscaba, y sintió una gran emoción. Por la mañana Emile estaba esperándolos a la puerta del hotel, estaba emocionado, al ver a Juan se abalanzo a abrazarlo y acto seguido beso a Gema efusivamente, esta miraba con perplejidad a aquel hombre robusto de largo bigote. Se dirigieron al parc de Bagatelle, una de las rosaledas más importantes y más antiguas de Francia, donde se desarrollaba el concurso international de roses nouvelles.
Al entrar al recinto algunas personas ovacionaban a Juan y Gema desconcertada miró a su marido buscando una explicación

- Gema, cielo he ganado el concurso, era una sorpresa, al final de la mañana lo comprenderás – Le comento mientras sonreía con los ojos brillantes –

- ¡¡Juan!! ¿de verdad? Que alegría, me siento muy feliz por ti – exclamo de forma sincera mientras se fundían en un abrazo –

Pasaron las horas y por fin llego la ceremonia de entrega del premio, Gema vio a su marido como de dirigía al escenario a recoger su trofeo, tras los aplausos de los asistentes, le invitaron a decir una palabras, ella estaba extasiada viéndole, seguía siendo un hombre muy atractivo y ese traje le sentaba muy bien, se hizo el silencio y Juan se acerco al micro

- Señoras, señores, muchas gracias. Los primeros datos de su utilización ornamental de las rosas, se remontan a Creta hace 4.000 años. La rosa era considerada como símbolo de belleza por babilonios, sirios, en Egipto y Grecia tuvo una especial relevancia, y mucho más en Roma. Las rosas son símbolos antiguos del amor y de la belleza. La rosa era sagrada para un número considerable de diosas de la antigüedad – hizo una pausa para la traducción simultanea a los presentes-

- Hace 5 años me diagnosticaron una enfermedad terminal, lo primero que pensé y lo que más me preocupaba era en mi mujer, no me resigno a dejar de ver su sonrisa, su belleza, su integridad como persona. Quería inmortalizar mi amor y sus cualidades en algo tan bello y delicado como ella – hizo otra pausa para tomar aire, visiblemente emocionado-

- Este Híbrido que he creado de tallo esbelto como su cuerpo, de hoja perenne como nuestro amor y pétalos aromáticos como su piel, es el mayor homenaje que le puedo al amor de mi vida y como no podía ser de otra forma esta variedad se llamará “Le sourire de Gema”- respiró profundamente para evitar las lagrimas –

Cuando termino la traducción una ensordecedora ovación estalló en el recinto, gran parte de los presentes se pusieron en pie, ahora las miradas iban dirigidas a ella. Emile la sujetaba del hombro, no se tenía en pie, lloraba emocionada mientras le mandaba un beso con la mano, vio como bajaba del escenario y corrió a su encuentro, ya no escuchaba aplausos, ni veía a la gente, solo estaba él, sentía su calidez, su perfume, perdió la noción del tiempo, quería estar en sus brazos para siempre.

El sol acariciaba sus rostros, mientras navegaban  en el batobus por el Sena, ajenos a la belleza que les rodeaba, solo tenían ojos el uno para el otro. Juan se incorporo un poco en el asiento y con aire solemne le dijo

- Bueno ya se acabo el cuidar rosas ¿Qué te parece?

- Me parece muy bien, ya estaba celosa – le respondió con una sonrisa - ¿y ahora que vas hacer?

- Me voy a comprar un buen telescopio – le comentó con mirada picarona-

- ¿y eso? ¿desde cuando te interesa la astronomía? – le pregunto intrigada –

- Le voy a poner tu nombre a una estrella – le dijo todo convencido –

Gema acarició su cara suavemente con la mano y acerco su rostro a su pecho, mientras él la envolvía entre sus brazos. Se sentía triste y afortunada, sabía enfermedad iba ganando terreno poco a poco, pero cada año que pasaba junto a él valía como una vida, siempre tenía la capacidad de sorprenderle y cada día su amor florecía, como la rosa que llevaba su nombre.

La antena



El brillo matutino de este sábado radiante, entra por la ventana, ella nota en el rostro la calida caricia que le anima a despertar. Abre los ojos muy despacio y esboza una sonrisa fruto de la placidez en la que está inmersa. Le despeja el agua que corre por su cara, examina el estante buscando un coletero, mientras llora por el intenso enjuague bucal, se mira al espejo y se sube el tirante de su holgada camiseta que deja ver parte de su pecho, guiña un ojo a su reflejo y sale a la cocina. Muy tarde para desayunar abre el frigorífico y pasa revista, hoy tiene tiempo y quiere recrearse. Va sacando las verduras, poniéndolas sobre la encimera formando un colorido bodegón y llena de agua la cacerola. Sale a poner música … Robert Wiliams… suena Feel e intenta que los tirantes sigan en su sitio, misión imposible, se deja llevar por la música, regresa a la cordura de cocinera y se pone manos a la obra. Vuelve abrir la nevera y ve una botella de vino blanco ¿y por que no? El vino esta fresco y sorprendido de que lo cojan, se pone una copa.
El primer sorbo estimula su paladar, es un vino Valenciano fácil de beber algo herbáceo y afrutado, el segundo sorbo un poco accidentado por el movimiento de su cuerpo va a parar a su pecho, su cuerpo reacciona a la frescura del líquido y se contrae de forma amenazante, inspira profundamente y sigue con el guiso. Pone las verduras bajo el grifo y le produce una sensación de placer al tacto, las frota suavemente como caricias, zanahorias, apio, cardo …es un mundo de texturas, duras y suaves, finas y ásperas. Las trocea y las dispone en el agua como un ritual de purificación. Se sirve otra copa, mientras le quita la piel a la gallina, la nota húmeda y blanda, ejerce movimientos rituales y rítmicos que le sumen en un estado te trance, no puede subirse los tirantes, tiene las manos manchadas y sus pechos erguidos se muestran con descaro. Levanta la vista y descubre a un antenista en la terraza de enfrente que la observa que al verse descubierto, rápidamente se ocupa en sus quehaceres, nervioso, dubitativo, como buscando una herramienta para desviar la mirada. A ella se le sube la sangre a la cara, cruza los brazos y salta fuera de su vista. El rubor se le apodera, su boca se seca e intenta olvidarse, toma otro trago de vino, ya esta todo al fuego y ahora solo queda esperar.
Sale a subir un poco el volumen, e intenta olvidar lo sucedido, pero no puede, vuelve a la ventana escondida tras una planta, ahí está. Lo examina con cuidado, no esta nada mal, el mono de trabajo lo tiene atado a su cintura, dejando al descubierto su torso sudoroso y los brillos en su cuidada musculatura le parecen hipnóticos, retorna a la realidad con el sonido del caldo derramándose, corre a bajar el fuego. Al ver su figura él gira la cabeza ruborizado, al sentirse otra vez descubierto. – vaya dos nos hemos juntado – piensa ella mientras sonríe. Pasó varias veces por delante de la ventana, ya estaba más cómoda, coge del especiero unas hebras de azafrán y el tirante se desliza nuevamente, esta vez sin oposición por su parte, deja por unos instantes su cuerpo desnudo, mientras le miraba por el rabillo del ojo, podía notar la mirada morbosa de él que la atravesaba, el libido de ella estaba a flor de piel. El aroma de la cocina la embelesaba, respiraba frenéticamente, ya no era ella, era esclava de sus instintos primarios, quería pasar al siguiente nivel. Fue corriendo al baño, se arregla el cabello, se vuelve a lavar la cara, ahora nota todo su frescor, esta ardiendo de deseo, siente desazón y un nerviosismo que hacía tiempo que no experimentaba, el exhibicionismo era algo que nunca había practicado, solo en fantasías y era algo muy placentero, estaba como poseída, la educaron para evitarlo, pero era más grande el placer que la culpa.
Al cabo de unos minutos vuelve a la cocina, con la ilusión de una quinceañera, mira por detrás de la planta, pero no se ve movimiento, se asoma a la ventana con atrevimiento…. no está, con osadía recorre toda la terraza con cara de decepción. Allí donde estaba la complicidad solo queda una antena, la miró con tristeza y observo un detalle que le produce una resignada sonrisa, al ver un corazón hecho con cables.
Puso la mesa con apatía, se sirvió el caldo y brindó al aire con el recuerdo del ángel que nunca fue suyo.
Una descarga de adrenalina recorrió su cuerpo que hizo derramar el vino al oír timbre del videoportero, vio al joven por la diminuta pantalla y abrió la puerta sin mediar palabra, le temblaban las piernas, apoyó la espalda en la puerta, no era ella, la cordura de la que siempre hacía gala, se había desvanecido, era una loba e iba a devorar a un completo desconocido.

Angelita



Como todas las mañanas la señora Angelita , así es como la llamaban sus vecinos desde que se fue a vivir a ese bloque ya hacía unos años, llego a parque, con su caminar pausado con ayuda de su bastón. Le gustaba ver a los niños jugar, reírse ajenos a los problemas del mundo, aun sentía envidia del brillo en la mirada del las madres cuando observaban a sus hijos, ella nunca pudo experimentar esa sensación.
Miró a lo lejos y vio vacío el banco de madera donde le gustaba sentarse, e intento sin éxito acelerar el paso al ver que un grupo de jóvenes se dirigía a él, la suerte fue generosa con ella y las tres chicas se sentaron en el césped cerca del banco. Al llegar logró acomodarse con dificultad, se sentía agotada y la faltaba el aire, pero era su reto diario y no estaba dispuesta a renunciar a esos rayos de sol y esa alegría que reinaba en el parque. Ya repuesta se dedico a lo que más le gustaba, observar, hoy era su día de suerte, el grupo de chicas estaban cerca, las podía ver con claridad y lo mejor de todo escuchar lo que decían.
Después de unos minutos absorta en la conversación, exclamo para su interior… Dios mío, si no saben ni hablar…. El argot callejero que empleaban y la incapacidad que tenían de estructurar una frase entera, le horrorizaba. El diálogo era de chicos, de fiestas, se cortaban la conversación unas a otras a cada cual decía más disparates, exageraciones y mentiras para hacerse las estrellas del grupo, llegó hasta tal punto el absurdo que Angelita soltó una enorme carcajada, no se podía reprimir, reía como hacía muchos años que no lo hacía.
Mientras rebuscaba en el bolsillo un pañuelo para secarse las lágrimas aun con la sonrisa en los labios, las jóvenes indignadas se alejaron mientras le regalaban improperios sobre su edad y condición física,

- ayyy mis pobres niñas, cuanto os queda por vivir – se dijo a si misma en voz baja-

Le dolía el pecho, sin saber si era por la risa o por su lamentable estado de salud, cerró los ojos y se relajó con las caricias del sol, era tan penetrante que la oscuridad se convirtió en un limbo color borgoña. Ese estado le hizo recordar cuando también fue joven como ellas, el día que sus padres y todo el pueblo se enteraron que un mozo con novia mancillaba su honor, en aquellos tiempos de represión e hipocresía. De la mirada de odio y desprecio que su familia, cuando supieron de su embarazo y del brebaje que le obligaron a tomar que le produjo terribles hemorragias y casi acaban con su vida, del día que la tiraron de casa sin contemplaciones, de cómo llego a la capital, llorando desconsolada llevando una minúscula maleta con poca ropa y mucho miedo, en su otra mano un papel con la dirección de una casa para entrar de criada.

A los dos años de estar sirviendo en una de las pocas tardes libres, donde se relajaba del acoso y celos que le tenía la señora de la casa, pasó por la puerta de un teatro donde hacían pruebas donde un conocido bailaor preparaba un nuevo cuadro flamenco. Siempre había sido su gran pasión bailar, lo hacía en aquellos alegres días en el pueblecito del sur donde se crió. Armándose de valor entró haciendo las delicias de todos los presentes por su belleza y talento.
Recordaba como si fuera ayer el día que llego a los estados unidos de gira a los pocos días de hacer la prueba, la libertad, la opulencia, la velocidad en la que se vivía en esas ciudades, los aplausos de un público entregado, pero sobre todo los que más recordaba y valoraba, era el respeto como persona y hacía su trabajo, jamás antes le había respetado.
Pasaron lo años y las giras por toda América, romances apasionados, regalos, fiestas y una vida acomodada y hizo que se olvidara de todo el sufrimiento vivido, empezando otra vez a confiar en la gente.

Conoció al mayor error de su vida, en una fiesta en la embajada de España en Uruguay, un atractivo joven, apasionado de las motocicletas que había llegado de la madre patria en busca de fortuna. Después llegó el accidente, que le destrozó la pierna y su carrera, estaba cegada de amor y dilapidó la pequeña fortuna que había conseguido durante esos años, en ruinosos negocios para él. Despertó un día y el joven así como casi todas las joyas habían desaparecido, los que antes se sentían honrados de invitarla a las fiestas, ahora le daban la espalda, comprendió que era ya hora de volver.

Sentía el frescor de una lágrima, que se deslizaba con dificultad por su arrugada cara, abrió los ojos acompañado de un suspiro, no podía dejar de pensar que el recuerdo de su vida se perdería como una lagrima en el mar, no tenía a nadie. Miró al frente y las vio llegar, se conocieron hace tiempo en el parque y casi todas los días hablaban, la niña corría hacia Angelita con sus ojos tan expresivos como siempre, riendo, con helado en la mano, la madre detrás sonriente también, le decía que no corriese. Definitivamente era su día de suerte, las quería como la hija y la nieta que nunca tuvo.
- Hola lita- dijo la niña sonriendo con toda naturalidad ¿quieres? Es de fresa.

- No cariño gracias, pero como eres tan buena te voy hacer un regalo- deslizo su temblorosa mano por el pecho y sacó una medalla de oro de tamaño considerable.

- Es de Nuestra Señora de Guadalupe, es de uno de mis viajes, así cuando la veas te acordarás de mí.

- No de ninguna manera, no la podemos aceptar- dijo con asombro y convencimiento la madre-

- Por favor acéptala, te aseguro que no hay nadie que la vaya echar de menos y quiero dársela, por favor, no me obligues a rogártelo – le decía mientras le entregada la medalla a la niña -

- Bueno ya lo hablaremos luego- dijo la madre con ternura-

La mirada perdida de la anciana, hizo preocupar a la madre que se levantó del banco

- Angelita ¿se encuentra bien? ¡¡Angelita!!!

La niña vio como se arremolinaba la gente alrededor de Lita, su madre lloraba mientras hablaba por teléfono, ella retrocedía despacio si dejar de mirar la escena. Sus ojos enormes se vistieron de preocupación y tristeza, mientas apretaba con fuerza la medalla dorada en su mano.

Poco es mucho



Abrió los ojos y vio por entre las arrugas de su almohada, que entraba el sol con fuerza, le dolía la cabeza y su cuerpo le pedía más cama. La noche fue larga, pero ya era hora de ponerse las pilas e ir a limpiar el local.
En la ducha dejaba correr el agua por la nuca mientas estaba con la frente apoyada en los azulejos, la sensación del agua fresca lo tonificaba y espabilaba. Ya vestido con su ropa holgada, como siempre de color claro y provisto de sus gafas de sol, bajaba con tranquilidad por la estrecha calle que conducía al mar.
Al llegar vio a Maria, la cocinera, una mujer con cara de pocos amigos y un corazón que no le cabía en el pecho, que ya estaba limpiando.

- ¡¡Hombre!! Que bueno que vengas tan pronto a limpiar, es todo un detalle – le dijo con sorna- ¿te preparo un café?- le pregunto, aunque ya sabía la respuesta-

- Si , por favor – le dijo Luis mientas se sentaba en una mesa de la pequeña terraza-

Se quedó mirando el horizonte, mientras se pasaba la mano por su cuidada barba, de color grisáceo le daba un aire bohemio. Estaba recordando la noche anterior, como casi siempre, cuando todos los turistas se habían ido, se quedaba con un plantel de extraños personajes que eran sus amigos. Dos marineros del pueblo jubilados, al igual que un viejo maestro, una joven artista, con la que dormía alguna vez y otros dos jóvenes en paro, a los que siempre les invitaba a las copas. Se pasaban la noche hablando, filosofando, pero sobre todo riendo. Hacía solo dos años que llego ese pequeño pueblo de casas blancas de pescadores, un oasis aun virgen, que se había escapado de momento, de la especulación inmobiliaria. En ese tiempo se hizo de querer por todos sus vecinos, a los que el respetaba y siempre invitaba, de no ser por Maria que además de cocinar, se ocupada de administrar el pequeño restaurante, esté ya estaría cerrado.

- ¿Cuando van a traer el pescado? Y haz el favor de recogerte el pelo con una coleta – refunfuño Maria mientras se sentaba con él a la mesa-

- No sé, estarán al caer- le contesto con una sonrisa mientras se hacía la coleta-

- Todavía no sé como puedes encargárselo a esos dos viejos borrachos - sentenció Maria refiriéndose a sus amigos-

- No seas mala, no son borrachos, solo que les gusta la noche y los amigos, han trabajado como burros toda la vida en el mar y ya es hora de que disfruten, además son los que más saben de pescado, siempre traen lo mejor y al mejor precio – los defendió ante la cocinera-

- Si, pues sus mujeres están encantadas contigo, cualquier noche vienen y te atizan a ti y a ellos. Yo iba a dejar a mi Vicente, que en gloría esté, que se pasase las noches con vosotros, ja – le espeto mientras se levantaba de la mesa con una sonrisa y mirando al cielo-

Se acercaba la hora de comida y empezaban a llegar los clientes, como casi siempre en verano eran turistas, llegaban a la pequeña cala por carretera y algunos por el mar. Corría una ligera brisa, cuando escucho acercarse tres motos de agua a toda velocidad, rompiendo la calma que les rodeaba, bajaron tres parejas de mediana edad, entre risas forzadas de acercaron a la terraza del humilde restaurante. Cuando los vio entrar a Luis le dio un escalofrió que le recorrió todo el cuerpo, cuando el líder de la manada, entro a pedir mesa, lo vio y su sonrisa desapareció.

- ¿Luis? ¿Luis García Peláez? ¿Eres tú? – pregunto alzando la voz

- Si Eduardo soy yo ¿queréis mesa para comer?- le contestó incomodo

- Joder que pintas llevas jajaja , me dijeron que un día pediste la cuenta y desapareciste– le soltó con evidente aire de superioridad-

- Permitirme que os presente – dijo a sus acompañantes en tono burlón – Luis García ex jefe de la división financiera de nuestra empresa y ahora por lo que veo, hippie - dijo esperando las risas de sus acólitos –

- Encantado chicos, pero sentaros por favor, ahora os traigo la carta – les dijo cortésmente, mientras clavaba su mirada a su conocido, habían pasado cuatro años y seguía siendo igual de gilipollas –

- ¿Conocías a Nuria mi esposa? – le dijo con una falsa sonrisa -

- No, si la hubiera conocido antes, te aseguro que la recordaría, de echo no creo que la olvide nunca – le respondió sonriendo, mientras le besaba la mano y clavaba su mirada en sus bellos ojos – la mujer no pudo contener una pequeña risita y una mirada de sorpresa y agradecimiento.

El líder vio horrorizado como había perdido el mando de la situación y se apresuró a organizar la ubicación de los comensales. Luis entró al local y mientras abría una botella de vino, no pudo evitar recordar aquel tiempo, que gracias al pequeño pueblo pesquero ya casi había olvidado. A ese pobre proveedor que entró un día a su despacho con la foto de toda la plantilla de su empresa familiar y que él en una maravillosa estrategia empresarial había llevado a la ruina. Recordaba con dolor las lágrimas de aquel hombre menudo, su impotencia y su drama familiar, dejó de ser un número, tenía rostro, una vida, una historia y él acabo con ella. También las felicitaciones del presiente de la empresa, en la comida que tenia la directiva los viernes. Ese hombre fue su revulsivo, su piedra roseta, con la que pudo leer la vida de otro modo, luego vino, el insomnio, el divorcio, los viajes, la incertidumbre y al final la paz en este pueblecito.
Al llegar a la mesa con el vino vio a los tres hombres de pie al teléfono y sus mujeres mirándolos con frustración. Cuando empezó a servirles ellas clavaron la mirada sobre él, sus miradas cambiaron y sus sonrisas eran evidentes, él las miraba con complicidad

- Cambio de planes nos tenemos que ir- dijo el líder a las mujeres con autoridad –

Los dos hombres asintieron con la cabeza como buenos subordinados y ellas desoladas se miraban entre ellas, levantándose con desgana.

- Cóbrate el vino, nos vamos, ya sabes como funcionan estas cosas ¿verdad? – le dijo el líder a Luis en tono irónico-

- Tranquilo invita la casa – le contestó mientras miraba a las afligidas mujeres-

Vio alejarse al grupo hacia las motos de agua y la sonrisa de Nuria cuando se giró hacía él desde la playa. Luis volvió otra vez a su mundo y con el trabajo de servir las mesas intento no pensar en lo sucedido. Maria desde la cocina se dio cuenta que esa visita le había tocado. Pasaron las horas, la noche era tranquila, no había muchos clientes y sus amigos iban llegando poco a poco, como siempre uno de los jóvenes empezó a tocar la guitarra suavemente, que entre el rumor de las olas, el brillo de la luna y el aroma a jazmín y salitre, hacia el complemento perfecto, lo cual provocó que alguno de los clientes que estaban dispuestos a irse, se quedaran a tomar una copa para disfrutar de ese momento. Maria salió de la cocina y se despidió para irse a casa, no sin antes dedicarles una mirada fulminante a los amigos, éstos la despidieron con una sonrisa picarona y con algún guiño de ojo, cosa que la enojaba y ellos lo sabían. Luis como siempre la acompañó hasta la plaza donde vivía con su hija, muy cerca del local, le dio un beso de buenas noches, como se le da a una madre y le prometió que no cerraría tarde, algo que ella sabía que no iba a cumplir.
Llego a la terraza frotándose las manos con ganas de una copa y vio a todos los amigos callados, algo que no era habitual a esas horas, al entrar lo miraron fijamente, para luego mirar al rincón, cuando Luis giró la cabeza la vio.
Allí estaba Sonia envuelta de gasa blanca, que hacia resaltar su bronceado, el cabello se deslizaba por sus preciosos hombros y lucia en el cuello una pequeña cadena con una perla en el centro. Estaba de pie, algo incomoda por que todos los amigos estaban en silencio admirándola. Al verlo entrar ella suavizó la tensión y se quedo más tranquila, él la cogió de la mano llevándola al final de la terraza donde empezaba la arena.

- ¿Qué haces aquí sola? – le dijo con preocupación y sorpresa –

- Él y su equipo han tomado un vuelo, para ir a la oficina, a no sé que crisis que tienen, yo no estoy dispuesta a quedarme encerrada en el hotel como siempre y malgastar las vacaciones – le comento afligida- La verdad no sé que hago aquí, pero no conozco a nadie, bueno a ti si, mi marido no ha hecho otra cosa que habar de ti todo el día y quería saber tu versión, tu historia, me parece fascinante – termino de hablar con una sonrisa tan sincera como bella-

- Bueno no hay mucho que contar – le respondió desconcertado – pero espera que te voy a presentar a mis amigos, que son parte de mi historia- volvieron a dirigirse al interior, haciendo que cesaran los murmullos que oían a lo lejos.-

- ¡¡Amigos!! Os quiero presentar a Nuria, una amiga de toda la vida, - mintió a los amigos, mientas se sentaban a la mesa-

A la hora estaban todos riendo, ella se integro perfectamente en el grupo, reía como hacía años que no lo hacia, risas sinceras con gente sincera, gente buena. Ya casi no recordaba lo que era sentirse bien, solo por el placer de una buena compañía, sin alardes de superioridad, ni envidias, ni batallitas de trabajo, solo con el placer de compartir las más variopintas experiencias, y en eso los viejos amigos eran unos maestros.
Pasaron las horas en un instante, ella sentía agujetas en las mejillas de tanta risa, no estaba acostumbrada, hacía tiempo que ya había ido al servicio a lavarse la cara, pues se le había corrido el maquillaje por las lágrimas, con la cara lavada aun estaba más bella, natural y cercana. Poco a poco los amigos se fueron retirando y despidiéndose efusivamente de semejante belleza, partían con paso lento hacía la calle, conteniendo las risas para no molestar a los vecinos. Al fin se quedaron solos, él la cogió de la mano y mirándola a los ojos le pregunto.

- ¿Y ahora qué? ¿Cómo vuelves a hotel? – dijo con serenidad –

- El taxista que me trajo, me dio su teléfono, pero no tengo la intención de despertarlo al pobre a estas horas ¿tienes una cama para mí en tu casa? – le pregunto con aire despreocupado –

- Solo tengo la mía, es un casita muy pequeña – le respondió con una sonrisa picarona –

- Bueno solo nos hace falta una ¿no crees? – le dijo con complicidad, mientras le daba una suave caricia por su barbilla –

El camino hacía la casa se hizo lento, como en un vía crucis, paraban en cada farola y esquina a besarse y abarcarse, perecía que se estaban comiéndose a besos. Ella sentía el frescor en su espaldad, de las paredes encaladas de las viejas casas, las caricias, su perfume, experimentaba sensaciones ya casi olvidadas.
Su casa en efecto era muy pequeña, llena de libros caóticamente amontonados, una minúscula cocina y una habitación al fondo, le llamó poderosamente la atención que no tenia puerta solo una cortina con bolitas de cristal, era como una cascada multicolor, le preguntó donde estaba el baño y se dirigió a el. Se sorprendió gratamente, por la limpieza del mismo y lo bien decorado que estaba, nada que ver con el resto de la casa.
Luis estaba tendido en la cama a oscuras, el blanco de su ropa interior resaltaba a la luz de la Luna que entraba por la ventana, en ese momento la cortina empezó a brillar por el movimiento, como los reflejos del sol en un estanque. Allí estaba ella de nuevo, de pie entre brillantes bolitas de cristal, pero sin duda era ella, la que más brillaba, la desnudez de su fibroso cuerpo, emergía entre sombras, provocando una imagen que él jamás podría olvidar. Al murmullo de una noche de verano en la costa, se añadían los sonidos de los gemidos, las caricias y los besos, el mar amortiguaba la sonoridad de la pasión. Ella se asombro de la flexibilidad de sus posturas, de recordar que el sexo es extremadamente placentero, estaba desinhibida por completo y dio rienda suelta a sus fantasías. Disfrutó con los cinco sentidos, las terminaciones nerviosas de su piel sentían lo indecible al tacto, la vista de sus cuerpos entre sombras la excitaba aun más, el sonido de sus respiraciones la cautivaban, el perfume a hombre y a salitre la extasiaba, saboreaba gustosa cada milímetro de su piel. Perdieron la noción del tiempo y del espacio, estaban sumidos en un bucle de sensaciones y de placer. Se desplomaron jadeantes sobre la cama, sudorosos y agotados, no mediaron palabra alguna solo se miraban, no hacía falta decir nada, solo inspirar profundamente el momento y convertirlo de efímero a eterno.

Abrió los ojos y vio por entre las arrugas de su almohada, que entraba el sol con fuerza, esta vez no le dolía la cabeza, pero su cuerpo le pedía más cama. Ella seguía allí, no fue un sueño, Luis se levanto despacio, tapo su desnudez con un con un bóxer negro, se dirigió a la nevera a por zumo y arranco una flor de jazmín del que crecía en la entrada de su casa. Ya sentado de nuevo en la cama, acariciaba suavemente los labios de ella con la pequeña y aromática flor, hasta que abrió sus ojos y sonrió. Aprovecho para darle el zumo y se marcho abrir el resto de ventanas.
Ella lo veía esquivar los libros para acceder a la persiana, lo miraba descaradamente, el recuerdo de esta última noche, era más dulce que el almibarado zumo que estaba bebiendo. Ya le había sido infiel a su marido alguna vez por despecho, cuando se enteró de alguna aventura de él con becarias de la empresa, pero esta era la primera vez que no se sentía sucia y culpable. Lo seguía con la mirada y sonreía. Se incorporó y se acomodó sentada en la cama, apoyada en el cabecero y enrollada por la sabana.

- ¿sabes? Te envidio – le dijo Nuria con una sonrisa –

- ¿A mí? – contesto Luis con sorpresa - ¿Por qué? – le pregunto mientras se hacía la coleta -

- Por queee – quedo pensativa y se apresuro a decir – por como vives, por tus prioridades, por tu serenidad, por tus amigos. Tienes mucho con poco.

- Si es cierto, tengo mucho, pero no te equivoques no es poco vivir la vida, sin avaricia, sin prisas y rodeado de buena gente. – le decía mientras se sentaba frente a ella en la cama – He estado en los mejores hoteles, en los mejores restaurantes, he vivido con todos los lujos, siempre rodeado de falsedad e hipocresía, consciente o inconscientemente haciendo daño a la gente y los que me rodeaban. – tragó saliva y ahora con la mirada perdida continuó – ¿Te acuerdas de Agustín? El viejo marinero de anoche.

- Si – respondió fascinada por lo que decía Luis-

- Ese hombre perdió los tres dedos de la mano y casi la vida, por salvar a su compañero, en una tormenta en el mar –seguía esquivando el cruce de miradas – Yo antes jamás moví un dedo por nadie, vi a muchos perder sus empleos por una mala gestión, sabiendo lo que iba a pasar, me gustaba verlos caer, no tener competencia en ese absurdo juego que era mi vida.

Ella cogió su cara con suavidad hasta cruzarse las miradas, tenia los ojos brillantes de emoción después de hablar, estiro su brazo y lo acomodó entre sus pechos con aire maternal. Volvió el silencio, Nuria notaba que él se aferraba a su cintura, como un niño asustado.
Pasaron un rato en silencio, pero ya era hora de terminar con el sueño que estaban viviendo, ella tenía que ir al hotel y el a continuar su vida. Terminaron de vestirse y ella llamó al taxi, mientas esperaban en la puerta, algunas vecinas pasaban ante ellos y los saludaban con sonrisa maliciosa, sabedoras por la sonrisa de Luis que había sido una buena noche.

- ¿sabes?, es fácil acostumbrarse a esto – dijo ella con la mirada perdida ahora en el horizonte –

- ¿Lo dejarías todo? – le pregunto escéptico- ¿dejarías ir de compras, el spa, los cócteles, los estrenos de la opera en el palco, el hipódromo y todas las actividades de tu agenda?

- No lo sé, no creo – se sinceró Nuria – pero tal vez llegue un día qué todo eso me sepa apoco.

- Es cierto, como decía la canción ..la vida te sorpresas, sorpresas te da la vida … y sino que me lo digan a mí – dijo sonriendo para aliviar la tensión del momento –

La vio partir en el taxi, pudo notar el beso que le mando desde el interior, respiro profundamente, vestido con su ropa holgada, como siempre de color claro y provisto de sus gafas de sol, bajaba con tranquilidad por la estrecha calle que conducía al mar. Al llegar vio a Maria, la cocinera.

- ¡¡Hombre!! Que milagro que vengas tan pronto a limpiar, es todo un detalle – le volvió a decir con sorna. – te doy a poner el café vaya carita que traes hoy.

- Maria que haría si ti – le dijo suspirando Luis con los ojos brillantes – Ven aquí dame un abrazo.

Maria lo abrazó, como solo las madres saben hacer, estaban en silencio, con los ojos cerrados e inspirando profundamente, a lo lejos se oían las risas y el cachondeo de los dos viejos marineros que traían el pescado, al verlos abrazados
.

2000 palabras y muchas gotas más



Se asomó preocupado a la ventana por donde resbalaban las gotas en una carrera suicida hasta el jardín, no parecía que fuera a cambiar su suerte, el cielo estaba de un gris cerrado. Siguió acicalándose para la visita, llevaba días lloviendo con intensidad, no era la típica tormenta de verano, mientras de abrochaba la camisa vio la foto de de Silvia su amiga de infancia y su amor de juventud, esbozo una sonrisa al ver la imagen de los dos asomados en una tienda de campaña en una de sus innumerables excursiones, todo cambió hace tres años cuando ella se fue hacer los estudios superiores a otra ciudad con sus padres.

Estaba en el salón haciendo tiempo, cuando se dio cuenta realmente que no le apetecía la visita para nada, pero ya era tarde. Aun no sabia por que razón, ella quería que conociera a los padres si solo le he dado un beso, pensó. Hacia unos pocos meses que llegaron del valle, ella y su familia regentaban el pequeño hotel de la cima.
Tocaron a la puerta con insistencia a la puerta y el se apresuró abrir…

- Hola Andrés, necesito que me dejes el coche, tengo que bajar al valle a recoger a mi madre a la estación, los teléfonos no van y no puedo llamar a un taxi – le decía su amigo con cara de desesperación-

Andrés sin dudarlo le dio las llaves y su amigo salio disparado con una sonrisa, no sin antes darle un cachete cariñoso en la mejilla. Cuando se dio cuenta que el coche lo necesitaba para subir al hotel, ya era tarde. Tenía que salir ya, por que andando ligero llegaría a la hora, se enfundo unas botas, el chubasquero y salió a toda prisa.

El camino era cuesta arriba y la calzada estaba en muy mal estado por las nevadas del último invierno, estaba lleno de baches y charcos, las lluvias torrenciales de los días pasados no ayudaban mucho, había barro por todas partes y seguía lloviendo. No llevaba ni cinco minutos andando, cuando se cruzo con la señora Julia, una mujer menuda que andaba deprisa para su edad, con un pequeño paraguas roto.

- Sra. Julia ¿Dónde va con este tiempo? – le dijo Andrés con una sonrisa-

- Ayyy hijo mío a casa de mi hermana, que llega hoy.- contesto la mujer entre escalofríos- ¿y tú?

- Si ya me lo ha dicho su sobrino ahora bajaba a por ella, yo voy al hotelito que he quedado, pero tome mi chubasquero que va a coger una pulmonía- Le dijo mientras se bajaba la cremallera-

- No, no de ningún modo, además ya estoy mojada, se me ha enganchado el paraguas en una rama, sin darme cuenta y se ha desgarrado- le decía mientras negaba con la cabeza resignada-

- Por eso mismo, venga yo le ayudo a ponérselo- le decía con una gran sonrisa al ver como le quedaba puesto el chubasquero-

- Ayyy hijo, muchas gracias, luego le digo a Pedro que te lo suba- le decía la menuda mujer, no sin antes darle un cachete cariñoso en la mejilla-

Andrés pensó que debería ser una tradición familiar. Mientras la veía alejarse con paso ligero, no pudo evitar una risita al verla que casi arrastraba el chubasquero por el suelo, tenía un inquietante parecido al mudito de los hermanos Marx.

Seguía caminando esquivando el barro, pero ahora se estaba empapando y para ser verano la verdad es que refrescaba, ya estaba llegando y no valía la pena volver, con la mirada perdida en el suelo, escucho como aceleraba un coche, levantó la vista y vio un coche atrapado el barro, acelerando cada vez más y hundiéndose cada vez más. Cuando llegó a su altura pudo ver en el interior, allí estaba una familia de turistas, en mitad de una discusión familiar llena de reproches por la pésima habilidad del conductor. Andrés dio unos golpecitos en la ventanilla del conductor y en el interior se produjo un silencio de inmediato. El conductor bajó lentamente la ventanilla con cara de temor.

- Hola, veo que se han quedado atrapados, permítame que les ayude, voy a poner unas ramas bajo de las ruedas y luego usted acelera poco a poco ¿vale? – le instruyó Andrés, mientras veía la mirada de alivio de la mujer-

Empezó a reunir ramas y con habilidad las depositaba junto a la rueda, le costaba andar por el barro, pero en un tiempo record estaba todo preparado.

- ¡¡Valee acelere!!! – gritó al conductor mientas empujaba al coche-

Esté pisó el acelerador hasta el fondo, el ruido del motor rompió la paz del camino y una estela de barro salió de debajo del coche, mientras derrapaba y cuelaba hasta salir de la trampa en la que estaba. Siguió su camino mientras los ocupantes sacaban los brazos en señal de agradecimiento. Andrés se quedó quieto, impertérrito, mientras el barro le resbalaba por la cara, pensó que menos mal que le había dicho poco a poco y ahora tenía claro quien tenía la razón en la discusión del coche. Sacó el pañuelo e intento reparar el estropicio en que se había convertido, hacía poco más de una hora que había salido de casa impoluto y ahora estaba en un estado lamentable.

A los pocos minutos llegó a la puerta del hotel y optó por entrar al restaurante abierto al público primero, al entrar vio a Inés pululando entre las mesas y al padre con semblante serio tras la barra, el local estaba vacío, enseguida los dos clavaron sus miradas sobre él.

- ¿Qué te ha pasado que vienes así?- pregunto Inés levantando la voz-

- Bueno nada en especial un paseo un poco accidentado- le respondió con una sonrisa para suavizar un poco la tensa situación-

- ¿Tú crees que es la mejor forma de que mis padres te conozcan? – Le espeto con enfado-

- Bueno esta no era la idea, pero las cosas han venido así ¿si quieres me voy?- le contesto Andrés con asombro y a la vez enfado-

- Pues si, será lo mejor- le gritó y se dio la vuelta de forma teatral.

La madre al oír los gritos de su hija, salió de la cocina, era igual que Inés pero con treinta años más, cogió a su hija de los hombros, clavó una mirada de desprecio hacía él y se la llevo a la cocina. El padre que aun seguía tras la barra, miró a Andrés, cogió un rollo de papel absorbente y se dirigió a él.

- Toma chaval sécate un poco, anda- le dijo con una sonrisa
En ese momento, entró como un torbellino, la familia a la que había ayudado hacía un rato, los padres discutiendo y los niños corriendo entre las mesas.

- Mira, aquí esta nuestro rescatador – exclamo el hombre- si no es por él, aún estamos atrapados ¿que quieres tomarte? invito a lo que quieras.

- Muchísimas gracias, mira como te hemos puesto- se lamento la mujer del coche-

En eso preciso momento entró su amigo, con paso decidido hacía él.

- jajaja mira como te has puesto y todo por dejarle el chubasquero a mi tía, te lo agradezco de verdad, la pobre esta empapada cuando hemos llegado a casa, toma aquí lo tienes y las llaves del coche, ufff si no me lo llegas a dejar, aun estaría mi madre histérica en la estación. Tómate lo que quieras, yo invito- le dijo con una risotada final.

El padre que estaba atento a todo lo que sucedía, exclamo – Un momento señores ahora vuelvo- cogió del hombre a Andrés y se dirigieron hacia la puerta.

- Chaval, bueno Andrés que así es como te llamas, te voy a dar el mejor consejo que te han dado nunca- le dijo con un tono serio y mirada amable-

- Antes de que entraran esta gente ya me había dado cuenta que eres buena gente, ellos solo lo han confirmado- hizo una pausa y continúo- Deja a mi hija, olvídate de ella, buscaste una buena chica o te amargará la vida como ha hecho su madre conmigo, son iguales, yo las aguanto por que la familia no se elige, se sufre, tu no tienes por que hacerlo.- al terminar sonreía con la satisfacción de saber que ha hecho una buena obra.

- Me deja sin palabras señor- respondió Andrés desconcertado por la situación surrealista en la que se encontraba- pero creo que le voy hacer caso, muchas gracias por el consejo- terminado con una sonrisa de agradecimiento.

- Por cierto me dijo su hija que le gustaba la pesca, si quiere le puedo enseñar los mejores sitios, podemos un día ir juntos- se ofreció de forma sincera-

- Jajaja estupendo, rió el padre-mientras le apretaba sus hombros con firmeza- pero sin que se enteren ellas ¿eh? – le susurró al oído, para terminar con otra carcajada.

Entraron ya separados la restaurante, Andrés se despidió de todos los presentes, menos de Inés y su madre, que aun estaban en la cocina, le pidió a su amigo que le bajará el coche a casa, para no ensuciarlo. Salio del local sin mirar atrás y se dispuso para el paseo de vuelta con la sorpresa de los primeros rayos de sol iluminando el camino. Andaba alegre cuesta abajo, ahora ya sin esquivar los charcos, el perfume del bosque mojado, era tan penetrante como placentero, el paseo se le hizo corto ya veía la entrada de su casa a lo lejos, aunque se percató de unos bultos situado en ella. Ya a pocos metros comprobó con asombro que eran una maletas y la mayor sorpresa que le podían dar salio de detrás de la valla, era Silvia.

Estaba más guapa que nunca, él se quedó petrificado por la emoción y ella lo miraba con amplia sonrisa.

- Hombreee ya era hora, por dios ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien? ¿Has tenido un accidente?- su sonrisa inicial se transformo en preocupación-

- NOOO jajaja ¿pero que haces aquí?- le contestó mientras corría a saludarla-

Silvia salto sobre él fundiéndose en un abrazo, él daba vueltas cargada con ella mientas reían sin parar, cuando ya puso los pies en el suelo, Andrés le retiro suavemente el cabello de la cara y retrocedió un paso para poder preguntarle.

- De verdad que alegría me has dado, pero dime ¿Qué haces aquí?

- Ya te dije que vendría de vacaciones ¿no?- le contesto entre risas-

- Si, pero de eso hace tres años … no me puedo creer que estés aquí – dijo Andrés visiblemente emocionado mientras le estrechaba su mano-

- Pero cuenta ¿ por que vas hecho un asco?- le pregunto aliviando de emoción el momento-

- ¿Yo hecho un asco? Para nada, estoy como tú- le respondió con mirada traviesa-

- De eso nada guapo, yo voy limpia y reluciente como una princesita- le replico entre risas-

- ¿Estas segura?- volvió a preguntar antes de saltar sobre el charco que estaba junto a ellos-

- ¡¡ Serás cabronazo!!! Espera y veras cuando te agarre.- le gritaba entre risas, mientras corría tras él

Andrés reía con más fuerza cada vez que la esquivaba, al final acabaron en un abrazo, jadeantes y risueños volvieron despacio entre risas hacía las maletas. Las mismas risas que compartieron durante toda su vida, las que él siempre recordaba al pensar en ella. Silvia apoyó la cabeza en su hombro mientras él le señalaba con el dedo el hermoso arco iris que se había formado ante ellos.
Hoy sin duda había sido el día mas extraño de su vida, en solo tres horas, los nubarrones negros que acompañaban a una cita obligada, cambió a una maravillosa mañana veraniega donde el verde del bosque se convirtió en esmeraldas, el estruendo de los pájaros en una balada, el barro en una alfombra y sueño en realidad. Miró detenidamente a su alrededor, viendo resbalar las ultimas gotas de lluvia por las hojas, brillantes como diminutos diamantes y comprendió que esté sería un gran verano.

Sueños



Acostado en su cama miraba por su ventana las nubes como tapaban la luna y como siempre soñaba despierto, era lo único que le ayudaba a soportar el infierno que se había convertido su casa. El soñaba, que ella le soñaba, le costaba recordar aquellos tiempos de risas y de juegos con ella, eran tan lejanos como el horizonte. Eran vecinos y la casualidad les hizo nacer el mismo día, sus casas estaban separadas por una pequeña valla, pero sus vidas los estaban mucho más. Todo cambio cuando tenían diez años, Sonia perdió a su madre en un accidente de tráfico y con ella murió el alma de la familia, su padre busco el consuelo en el alcohol y ahí empezaron los maltratos y los insultos. También la casualidad hizo que el padre de Fran, les abandonara ese año y empezó su particular infierno. Conforme iba creciendo, su madre se convirtió en una fanática religiosa de un grupo evangelista, que la transformó en una mujer intolerante e hipocondríaca. Le culpaba de todos sus males y del abandono de su padre, le destrozo la autoestima y lo convirtió en el bicho raro del instituto. Era el centro de las burlas y el acoso, solo defendido de vez en cuando por Sonia, que se había convertido en una joven preciosa, eso si, bajo su aspecto gótico, de vez en cuado se le veía una leve sonrisa entre los piercing, cuando se cruzaban. Solía escuchar desde su habitación los gritos y golpes que le propinaba su padre cuando estaba borracho y se atormentaba por que no tenía el valor de salir en su defensa, también la veía escaparse por la ventana alguna noches cuando su padre estaba ya casi inconsciente por la bebida.
Miraba ansioso el reloj, de normal a esas horas estaba dormido, ya que sin televisor ni ordenador, lo único que podía hacer es refugiarse en su habitación. Se retorcía inquieto en la cama produciendo unos pequeños crujidos, cuando la voz estridente de su madre rompe el silencio de la noche

-¡¡ Fran!!! ¿Que son esos ruidos?, ¿no estarás haciendo actos impuros?. Siempre encerrado … ha saber que pasa por esa mente sucia que tienes.

Él inspiraba profundamente apretando las mandíbulas, odiaba esa voz, esa manera gritar, esa casa y sobre todo a ella.

-Contéstame ¿que estas haciendo? Me vas a matar a disgustos, eres como tu padre, vivís para el pecado. ¡¡Fannn!!! Mira lo que has hecho a tu pobre madre, ya me ha dado una arritmia, tráeme un baso de agua para mi pastilla.

En ese momento el viejo reloj de péndulo del salón, empezó a dar las campanadas de las 12 de la noche, Fran se incorporo de la cama, era el sonido de libertad, sin mediar palabra, se cargo al hombro su vieja bolsa de deporte, salio de la habitación dando un portazo y se dispuso a bajar la escalera, al escuchar tal estruendo la madre salio a su encuentro en el pasillo, miro a su hijo con odio y le empezó a gritar

-Vuelve inmediatamente a tu habitación, obedece a tu madre

-Madre, hoy hace 18 años que me trajiste al mundo, soy mayor de edad, no volverás a verme en tu vida, ya no voy a darte más disgustos, adiós.

Bajó las escaleras sin mirar atrás, los improperios que gritaba su madre ya parecían lejanos, inexistentes, solo le angustiaba el saber que Sonia desaparecería de su vida también.
Al abrir la puerta le envolvió el perfume del pequeño jardín, el frescor de una noche de verano, el aroma de paz y libertad, salio a la calle y empezó andar. Cuando estaba a la altura de casa de Sonia quiso dar la última mirada, perplejo vio salir a su vecino con una maleta, tirándola con desprecio a su destartalado jardín.

-Vete y no vuelvas nunca, estoy harto de ti, largarte de aquí.

-Tranquilo que no veras más, borracho, quieres más a la botella que tu propia hija.

-¡¡Fuera!! No vuelvas – le gritaba mientras se tambaleaba en el porche.

Casi no podía con el peso de la maleta, al abrir la canela, vio la imagen borrosa por las lagrimas de Fran.

-¿Qué haces aquí? – le pregunto sorprendida

-Lo mismo que tú, hoy el primer día del resto de nuestra vida.- le comento con una sonrisa.

Sonia no había visto sonreír a Fran desde hacía muchos años, le pareció preciosa, estaba cambiado, ya no andaba encorvado, los botones del pecho desabrochados y despeinado, le daba un aire muy atractivo.

-¿Y donde vas a ir? –Le pregunto Sonia con preocupación, mientras él cogía su maleta y empezaban a andar calle arriba.

-He ahorrado muchos años para este momento, me voy a la costa donde vive mi padre, aunque mi madre siempre me lo ha ocultado y las destruía, una vez vi un trozo de una carta en la basura. ¿Vienes conmigo? – le preguntó con una seguridad de sí mismo nunca vista por ella

-Si, vale. – le contesto con asombro, tanto por la pregunta, como por su respuesta, mientras se cogían de la mano.

-¿Sabes? Muchas veces soñaba que me soñabas. – Le comento Sonia, para romper un incomodo silencio.

-Fran no pudo reprimir la sonría - Pues sí, te he soñado muchas veces, también he soñado con este día, pero ni en el mejor de mis sueños, me encontraba también como lo estoy ahora.

Siguieron andando calle arriba, hacia la estación, entre risas nerviosas ante el futuro que les aguardaba, él daba gracias a Dios por tener una ventana en su habitación, donde aprendió a soñar, sabedor ahora, que solo en el soñador vida y sueños coinciden

El cóctel


Me siento mecido por el suave balanceo del agua de la piscina, mi cuerpo flota ingrávido, los brazos extendidos, luchando para que las piernas no se hundan y rompan este estado de paz. Miro al cielo azul y como pasan las blancas nubes con sus innumerables formas, el agua cubre mis oídos y puedo escuchar mi pausada respiración.

El estruendoso sonido y las gotas salpicando mi cara, hacen que vuelva a la realidad, busco la verticalidad con ayuda de mis brazos, examino mí alrededor para encontrar al entrometido que ha destruido mi paraíso, pero solo veo burbujas y un diminuto oleaje. De repente surge con delicadeza un rostro, el agua resbala desde su cabello y con el brillo del sol lo convierte en un velo de gasa, su mirada penetrante es azul, con unos matices de rojizo por el cloro y su sonrisa se acerca a mí con descaro.

- ¿Te he asustado?- me pregunta con voz angelical

- No, para nada – le miento, mientras mis pulsaciones se van normalizando del susto y de la ira.

- Es que me quería refrescar antes de entrar a trabajar, empiezo el turno ahora ahí enfrente en la choza de los cocteles, por cierto luego te pasas y te invito a uno, por el susto – me comenta mientras se aleja hacia la escalera.

- Vale – le contesto con voz de sorpresa.

La veo salir de la piscina con elegancia, su traje de baño azul oscuro realza su figura a categoría de diosa, todos los hombres y gran parte de las mujeres siguen con la mirada, su improvisado desfile por la pasarela que conduce a la choza, mientras se va secando con la toalla.

A la hora ya estaba de camino hacia la choza, eso sí, enfundado en una camisa para ocultar con escaso éxito, los estragos de las comilonas en las vacaciones, mientras me dirigía hacía un taburete en la barra, la observaba despalda secando una copas, el pareo que medio cubría daba una nota de color al verde del jardín que nos rodea.

- Holaaa – me saluda con una sonrisa sincera

- Hola ¿Cómo estas? – le digo muy cortésmente, para disimular la fascinación que me causa

- Muy bien, bienvenido a mi pequeño mundo, ya ves esta es mi vida, asustar en la piscina y servir cocteles – me comenta con socarronería

- Bueno, la vida es como un local de copas- le comento siguiéndole la ironía

- Ahh ¿si?, explícame eso, me has dejado intrigada – comenta mientras se apoya en la barra con atención
La miro fijamente a los ojos y con una pequeña sonrisa, me siento enfrente de ella y dejo escapar mi reflexión ante su atenta mirada.

La vida es como un esplendoroso local de copas. Como siempre los hay que están situados con una vistas excelentes, un servicio inmediato y muy holgados en sus sillones de mimbre. También están los que se acomodan por el resto del local intentando recolocar las sillas a su gusto, para disimular un poco su dificultad de movimientos. Por supuesto luego están los que se apiñan en la zona más alejada y lúgubre, esta claro, como siempre ocurre pegadito a las puertas de los servicios. Mas angosto si cabe por el transito de los vips al baño. Y con la resignación de saber que aun hay gente fuera que no puede entrar. Es más cada fase de la vida la imagino como un coctel. La niñez tan refrescante podría ser perfectamente un Shirley Temple:

3 partes de Sprite… la efervescencia de la inocencia
3 partes de Ginger Ale … un toque picante del jengibre
1 toque de granadina….. la dulzura frutal
1 cereza ….. el regalo esperado

De jóvenes podrá ser un Margarita:
1/3 de Tequila …… Destilado potente sin mucho cuerpo
1/3 de Cointreau …..Destilado de naranja, difícil de degustar entre lo dulce y lo amargo ( como la vida misma)
1/3 de jugo de limón ….. Refrescante y acida
Se moja el borde de la copa y se impregna en sal y se sirve en copa alta con una rodaja de limón. Ahí ya empiezas a saborear los contrastes de la vida.

-Oyeeee,- me corta con mirada de asombro, estoy alucinada- ¿a que te dedicas? Eres barman, sabes más que yo de cocteles. Me encantan tus comparaciones – su mirada se transforma en atracción con matices de picara - ¿y yo que coctel sería?
Con el convencimiento de que mi sonrisa no cabe en mi cara, me apresuro a contestarle.

- Yo te veo como una Caipirinha :
1 Lima….. Aplastada para sacar todo el jugo …a la vida
2 cucharadas de azúcar moreno ….. un toque de dulzura pero sin empalagar
60 ml. De CachaÇa … aguardiente brasileño…. Samba liquida.
Y mucho Hielo …. Un alud de frescura

Puedo ver su sonrojo aun con el bronceado de su piel, mi nerviosismo ante esta situación inesperada es evidente, me siento bien, más bien eufórico, nunca creí que pudiera alguien como yo llegar a interesar a semejante mujer.

- ¿ Y tú , cual serias?- me pregunta con interés inusitado-

- Bueno yooo – dudo por un instante, pero me salgo por la tangente- Yo sería un Manhattan, un Bloody Mery o un Tom Collins algunas de esas, pero con toque de Angostura, para recordarme lo amargo de la vida.

En ese preciso instante una turista de algún país nórdico, roja como una gamba, rompe la complicidad y la magia con su voz ronca, al pedirle una cerveza. Mientras le sirve no deja de mirarme y sonreírme. Cuando termina vuelve hacía mí deslizando su frágil mano por la barra, cuando se pone ante mí, me coge la mano con suavidad.

- Veo que no tienes anillo, el turno termina a las 10, si quieres me enseñas algunos cocteles, tengo la impresión que los haces muy bien – Me comenta tranquilamente, sabedora de la mutua atracción-

En ese momento sentimientos encontrados luchan en mi interior, una parte anhelaba ese momento y otra lo temía.

- Lo siento mi pareja esta en la habitación del hotel, me encantaría tomar la Caipirinha, seguro que es el sabor más delicado que puedo imaginar, pero sé que la resaca me puede doler mucho, tengo mucho que perder …. Ya ves cosas de la Angostura, mi vida ya no puede con mas momentos amargos. Su mirada reflejaba al principio perplejidad, pasados unos segundos se transformo en complacencia.

Se puso de puntillas estirando su cuerpo y agarrándome con firmeza me regaló dos besos en las mejillas que pudieron oírse en toda la piscina. Sobraban las palabras, cruzamos las miradas por ultima vez y sonreímos sinceramente, mientras iba hacía la habitación, repetía mentalmente lo vivido y me preguntaba, como lo hago ahora, que sabor tendría esa copa.

Bajo la Luna



Exploro tu cuerpo con sorpresa, tú me muestras el camino. Aquí y ahora entre tus sabanas de raso, mi cuerpo se desliza buscándote.
Envuelta en aromas de azahar, la luna de Valencia entra por la ventana y danzas con las sombras tu desnudez al ritmo de tus jadeos, la libidinosa coreografía de nuestros ancestros. Sientes mis besos en tus pies, que dibujan círculos excéntricos, tus tobillos se retuercen, tus gemelos se contraen y se abren tus rodillas. Paseo por tus muslos ya tensos por las caricias, cuando mis besos despegan enérgicamente trazando una parábola y cayendo suavemente en tu cabello, sientes como inspiro, lleno mis pulmones de ti mientras busco en la espesura de la nuca. Cuando beso tu cuello una descarga eléctrica recorre tu cuerpo, he encontrado tu particular caja de Pandora.
Ya no hay vuelta atrás he liberado los bienes que te confió Afrodita. Tus pupilas se dilatan, noto tu transformación, tu metamorfosis, tu mirada seductora, tu lengua perfila tus labios sedientos de placer., Tus pechos dorados, firmes, coronados con tus pezones como obeliscos, reclaman mi inclinación, tu vientre terso me muestra el camino a tu pubis despoblado, rosado e impoluto, puedes notar mi aliento, mi lengua, la presión de mis manos en tus glúteos, sin previo aviso noto una implosión de tu cuerpo, me alejas de ti mientras retuerces las sabanas con las manos. Ya no eres tú, ya no soy yo, eres una amazona experta, me montas y levemente inclinada, apoyas tus manos en mi pecho, me dejo llevar tus armónicos movimientos, te observo con mirada de sorpresa, nervioso, agitado y excitado. Yo que creía haberlo vivido todo, me doy cuenta que desde ahora mi vida ya nunca será la misma. Lucho por hacerlo eterno, pero entro en una vorágine de sensaciones, grito en mi interior y pierdo el sentido, me estallan las sienes, tenso mi cuerpo , convulsiono mientras me aferro con las manos a tu cintura, entro en una cola de gusano que me lleva a universos paralelos, jamás fue tan prolongado ….. vuelvo a respirar, abro los ojos, expiro todo el aire que oprime mi pecho, me miras, te miro, te sonrío y me besas, buscas la horizontalidad, te acomodas a mí, sin hablar, sincronizamos las fatigosas respiraciones. Dibujo con mi dedo índice las figuras que hacen las sombras en tu cuerpo, admiro el reflejo de la Luna en tus ojos antes de cerrar los míos y nos cubrimos la desnudez con el suave perfume del azahar.

jueves, 16 de junio de 2011

La almohada



Hoy ha sido un día muy largo, después del viaje en coche y de la cena ligera, ella ha seguido estudiando para la oposición y yo me he quedado viendo la tele. De madrugada, unos suaves golpecitos en mi hombro, me sacan del estado de sopor en que me encuentro y una sonrisa cansada me invita a ir a la cama. Noto a mi lado como se duerme de inmediato, el agotamiento y la falta de sueño hacen mella en ella. Pasa el tiempo y yo desvelado intento moverme lo menos posible para no despertarla, me llama poderosamente la atención la almohada tan incomoda que tiene, conforme me adentro en la madrugada más insoportable me parece, la intento doblar, estirar, paso el brazo por arriba, por debajo, la aplasto, la aliso, suspiro, resoplo y veo ya transformarse la oscuridad en tonos violetas y rojizos entrar por la ventana. Ahora soy yo el que esta agotado, desesperado por el estado en el que me encuentro, la presiono con rabia y le digo en voz baja, que sus días están contados, mañana mismo voy a compara una nueva. Me siento en trance por el cansancio y me sobresalta una voz que proviene de la almohada.

Tú intruso, si tú, ¿quien eres tú para separarme de ella?, soy la guardián de su más secreta intimidad, yo he sido soy y seré el único elemento constante en su vida, siempre estoy aquí cuando más me necesita, cuantas veces se ha aferrado a mí con lagrimas en los ojos, casi la podía abrazar. Soy su compañera de viaje en los más fantásticos lugares, donde nos llevan sus sueños. Cuantas veces nos hemos estremecido de placer, ella, yo y la libido que surge de madrugada, ha besado cada una de mis costuras, cada dibujo, mordido cada arruga. He recorrido su cuerpo mil veces, lo conozco bien, tengo memorizada todas sus zonas erógenas y ella se deja llevar, soy maestra del “tempo” imprimo la velocidad justa en que se debe ejecutar la sinfonía del placer….Adagio, Allegro, Presto, Prestísimo….. Dioss como me gusta cuando se le eriza el bello, tensa su cuerpo, petrifica sus pezones y sube hasta tocar la luna y se desvanece sin sentido junto a mí. Empapo su sudor y ahogo sus gritos, mientras vuelve en sí. Nunca le pregunto si le ha gustado, ni me levanto al baño, ni me doy media vuelta, ni fumo, ni ronco. Sé que le ha gustado, lo he notado y simplemente me quedo con ella arropándola mientras se recupera de las palpitaciones. Cuando respira profundamente y cierra los ojos, abrazo su desnudez y volvemos a viajar juntos a los misterios del inconsciente.

El sobresalto inicial, se convierte en reflexión, que se rompe al abrir los ojos mi pareja. Su mirada ilumina más la habitación que los primeros rayos de sol que entran por la ventana, su sonrisa me contagia la paz ausente toda la noche, sus caricias me hacen olvidar las horas de vigilia. Hicimos el amor con el intenso sonido de los pájaros de fondo en un amanecer de primavera, como siempre trabaje el “tempo”, al terminar no pregunte nada, ni me levanté, mientras nos recuperábamos, abracé su desnudez. En eso mismo instante, me di cuenta, lo bien que me sentía y la pesadilla de almohada se había convertido en una sensación placentera, sentí con sorpresa y agrado que nos abrazaba a los dos. Me dejo llevar con mucha paz, a los misterios del inconsciente.

Fro marmol



Llevo tiempo buscando la pieza de mármol blanco, para materializar mi recuerdo, por fin te he encontrado. Miro detenidamente las taras del bloque, paso mis manos por él, definitivamente eres tú, la gélida sensación, me trae a la mente, tu inesperada ausencia.
Ya en el estudio, te observo, te rodeo lentamente intentando descubrir las tres dimensiones de tu figura, el deseo que tengo por sentirte, vence a tu obstinación por esconderte, acerco las herramientas y me dispongo al desbastado. No tengas miedo, aunque la mayoría son cortantes, con mis rápidos y certeros golpes, te liberaré con mi puntero de tus miedos, desportillaré tus dudas y horadaré en la fría envoltura, en la que te crees protegida. El suelo esta lleno de material, que te oprimía, ahora es el turno de las gubias, empiezo a darte curvas, que por cierto, se muestran descaradas ante mis ojos, con el cincel dentado ya dejo entre ver tu volumen y la sombra.
Te masajeo con piedra pómez todo el cuerpo, con mucha delicadeza por tu cara, la expresión es el objeto del arte. Me fascina y me seduce las caricias que te doy insistentemente con el esmeril, puliendo tu belleza, compruebo cada milímetro de tu cuerpo con mis dedos, tus pechos suaves como la seda, me estremecen, tu cuello me embelesa, tus caderas me excitan.
Mis manos abrasadas y candentes por el trabajo, contrastan con tu frialdad, tu mirada sigue inexpresiva, sé que eres tú, te veo, pero no te siento, tengo tu cuerpo frio, pero me falta tu alma incandescente. Después de tanto trabajo estéril, confirmo lo que ya sabía, tu cuerpo es bellísimo, pero lo que deseo realmente, lo que me fascina de ti, es tu alma e inteligencia y eso no se puede copiar, solo se puede sentir.

vinum divinus



Hoy no ha sido un buen día, pero he terminado pronto y como siempre cuando estoy saturado recurro a la paz del Jardín, hoy me he decidido por el de Monforte, pequeño, acogedor y unos de los mejores cuidados de mi ciudad. Aun me quedan unas horas de sol y las aprovecho al máximo, con los ojos cerrados y sentado cerca de la rosaleda, escucho pronunciar mi nombre con sorpresa. Abro los ojos y veo una familia, lo cual me desconcierta, me fijo en la mujer que sonríe y se inclina hacia mí. Sus ojos me devuelven a mi adolescencia, es Carolina, hace más de 25 años que no la veía, mi sonrisa es sincera. Después de presentarme a toda la familia y dialogar un rato con las típicas frases de protocolo, nos despedimos muy cortésmente, la ultima en hacerlo es ella, nos acercamos para darnos dos besos en las mejillas, mientras el resto de familia ya partía y me susurra al oído

- Me he alegrado un montón de verte ¿sabes? Eres como el buen vino, con la edad aun estas mejor.

Tras mi carcajada de agradecimiento, la veo alejarse con elegantes movimientos. Su cuerpo ha cambiado, pero su mirada y su sonrisa… Diossss … cuantas noches en vela me hicieron pasar hace años, sigue siendo una mujer bellísima.
Vuelvo a sentarme al sol, pero ahora con una sonrisa, repaso mentalmente el encuentro y llego a la conclusión de que el símil del vino es cierto, no por vanidad, sino por que me encuentro así, todos somos vinos.

Aun recuerdo las gotas de roció sobre mí en los amaneceres de finales del verano y el día de vendimia, como con delicadeza me alejaron de lo que hasta entonces fue mi casa. Nunca olvidaré la presión de la prensa y el dolor al despojarme de la armadura que me oprimía. Todo cambió al notar que fluía libre como un mosto joven, como todos tuve que pasar por varios procesos de fermentación, en mi interior la dulzura del azúcar de la inocencia, se convertía lentamente en alcohol de la responsabilidad. Tras el trasiego, comencé el periodo de crianza, asimilando los matices del roble, así como los de la vida. Ahora ya convertido en un Gran Reserva y una vez embotellado en lo que hoy mi personalidad, espero que alguien me descorche con ilusión, me deje airear con paciencia. Que observe el color de las lágrimas que dejo en la copa, que huela mi perfume y que finalmente me pruebe con un pequeño sorbo y me deje acariciar toda su boca.

Ya mucho más relajado con el paso de las horas rodeado de armonía, me levanto del banco con decisión por que ya refresca bastante y ya sabéis que el cambio de temperatura el malísima para el vino, así que me retiro hacia mi bodega… por cierto ¿te gustaría brindar conmigo?

Cando duermes



Hoy me he despertado pronto, necesito beber agua, la noche fue larga, ya entran los rayos de sol por la ventana. Regreso a la habitación bostezando con ganas de volver dormir, cierro la puerta despacio, para no despertarla, la miro y me quedo ensimismado viéndola.
Sus rizos surcan la almohada como olas de temporal en la playa, me estremezco al observar la posición de la mano que flota al borde de la cama, es como la pintó Miguel Ángel en la capilla sextina… la creación de Adan…. , sus hombros tan delicados y suaves invitan a besarlos, me contengo y me siento en la silla de la cómoda.
Recorro con la vista su cuerpo, sus largas piernas, emergen desde retorcidas sabanas, con un cruce decoroso y puritano que me hace sonreír, su minúsculo camisón de seda, deja al descubierto su cadera y parte de su plano vientre, que incitan al deseo. Me fijo en la pequeña fracción de la cara que me deja ver su cabello, sus ojos y boca cerrada, de dan un imagen angelical y de paz contagiosa. Me acomodo tanto como puedo en la silla y sonrió en silencio. Pasan los minutos y sigo deleitándome con esa bella estampa. Esta secuencia ya la he visto antes, en la película de mi vida, con otras actrices, da igual que sean distintas, más altas, más llenitas, más simpáticas, más bronceadas, la maravillosa sensación es siempre la misma.
Me siento afortunado, por compartir este mágico momento, esencia de mujer, perfume delicado de la belleza femenina en todas sus expresiones, momento místico que saboreo despacio.
Quisiera ser poeta para escribirte una Oda, pintor para inmortalizar este momento, quisiera ser creyente para dar gracias a Dios.
Cuando sea anciano y mi vida sea contemplativa, de un mundo acelerado, recordaré este momento, mujer y sentado en el banco del parque, asomara un lagrima de emoción, igual como la que me aflora ahora al verte

jueves, 9 de junio de 2011

Tormenta de verano


Soy una de las muchas gotas que resbalan con tu rostro, la diosa fortuna quiso que nos encontráramos. Yo vengo de las altas nubes; soy hijo del mediterráneo; nací en el profundo mar, donde he sido testigo de las más grandes aventuras y conquistas. Después de andar por mil borrascas, una nube me absorbió con la fuerza del sol de mediodía. Fui a las alturas, donde más brillan las estrellas, y de allá, esquivando los rayos, caí, cargado de energía a merced de los vientos, de una tormenta de verano.
Extenuado, me deslizo lentamente por el laberinto capilar de extremada belleza, que son tus rizos. Recorro deslizándome por tu frente altiva hasta llegar a tus pestañas, observo fascinado tu ojo, allí me veo reflejado en un precioso espejo de esmeralda. Intento llamar tu atención, entre tantos admiradores, con escaso éxito. Pestañeas y me lanzas a tu rosáceo pómulo, acaricio tus mejillas mientras desciendo aterrado por llegar a tu barbilla y caer perdido en un charco estéril.
Me pego a ti con las pocas fuerzas que me quedan. El movimiento de tu cara al sonreír, por las cosquillas que te doy, hace que cambie mi suerte y mi rumbo, me precipito con velocidad hacia la comisura de tus carnosos labios.
Descanso sobresaltado unos segundos, todos mis temores se desvanecen, cuando veo el lento movimiento sensual, de tu lengua recorriendo tu labio superior. La carnosa caricia que me das, me funde a tu calidez interior.
Me siento extasiado, de todas las experiencias de mi dilatada vida, esta es sin duda, la más placentera, quiero peregrinar por todos los rincones de tu cuerpo.
Cuando el ciclo de esta maravillosa experiencia termine y vuelva a ser parte del mediterráneo. Escucharé a mis compañeras cuando hagan alarde de sus experiencias de conquistas, de batallas y epopeyas, de reyes y emperadores, piratas y comerciantes por el mare nostrum. Yo narraré la más extraordinaria historia, que fui parte de ti.

Ahora que me lees ya me conoces. Espero que cuando te sorprenda la próxima tormenta y cuando las frescas gotas resbalen por tu cara, no dejes de sonreír, para fundirnos de nuevo, en este delirio de sensaciones.

La butaca


Salgo de mi habitación esquivando su maleta de fin de semana, hoy hemos decidido no salir, será un sábado de descanso, entro al salón y ella estaba de pie junto a mis estantes, a mis libros, a mis tesoros. Al oírme entrar se gira con una sonrisa cautivadora.

- ¿me dejas este libro? Me han dicho que esta muy bien.

- Si claro, a mí me encantó, léete el prólogo, yo mientras voy a escuchar un poco de música

Sin dudarlo lo coge y veo sorprendido que se sienta en mi butaca de lectura, pienso abatido que se ha profanado mi trono. Es de piel, negro, compañera de decenas de aventuras, ya un poco desgastada los apoya brazos por el paso del tiempo, el respaldo se ha convertido en el negativo de mi espalda, encajamos perfectamente. Busco refugio en el sofá de tres plazas al fondo del salón, me descalzo y me estiro en él, escudriño la música en el MP4, me pongo los auriculares y los violines del invierno de Vivaldi, como siempre me erizan el bello, inspiro profundamente con los ojos cerrados y al exhalar dirijo la mirada hacia ella.
Bella usurpadora de mi rincón, la miro detenidamente mientras ella esta sumergida en el libro, me llama la atención lo grande que se ve la butaca con ella sentada allí, el color borgoña la rodea y le hace destacar aun más. Sentada como una contorsionista en una posición imposible para mí, tiene la barbilla apoyada en la rodilla que la rodean los brazos que sujetan delicadamente el libro, el sol de media tarde entra por la ventana y convierte en oro su cabello, sus rizos se precipitan por su cara brillantes como la miel, el tirante de la camiseta se balancea en el antebrazo al resbalar de su hombro, su holgado pantalón corto deja escapar sus largas piernas que se retuercen como la hiedra, sus delicados dedos se mueven como alas de mariposa cuando pasa la pagina.
Estoy ensimismado observándola y decido cambiar la banda sonora del espectáculo que estoy viendo, vuelvo a pelearme con los diminutos botones y empiezo la búsqueda. Ya la tengo, cojo un almohadón y me acomodo mientras entra suavemente las primeras notas del piano. Me imagino que cuando Beethoven pensó en Claro de Luna, estaría tan extasiado como lo estoy yo ahora. Es uno de esos momentos que se saborean hasta el más mínimo detalle, soy consciente de la exquisita carga erótica provocada por tanta belleza. El último acorde de piano coincide con el movimiento de su cara, me observa y sonríe.

- ¿Qué miras? Me dice con dulzura y sorpresa mientras se ruboriza

- A ti, le contesto mientras salgo de mi estado catatónico

Me levanto y me dirijo hacia mi rincón, ella sigue mi movimiento con una mirada picara, cuando me encuentro con ella, le desplazo el cabello y le beso el cuello, ella se estremece y retuerce por las cosquillas que le produzco. Salta con la agilidad felina a mi espalda y cargado con ella como un caballo, me dirijo hacia la habitación.

- ¿Qué estabas escuchando, tan calladito?

- Beethoven, Claro de Luna

- Uyyy muy lenta, para ir ahora a la cama ¿vas a poner
música clásica?

- Si, pero el Bolero de Ravel, que tiene un ritmo, con una melodía obsesiva que va in crescendo, ahora mismo no se me ocurre ninguna mejor para hechizarte. Suelta una carcajada y acto seguido me mordisquea el lóbulo de la oreja.

Mientras nos dirigimos desde mi trono hasta mi santuario, no dejo de pensar lo afortunado que soy, y aun algo mejor, que me doy cuenta de ello. Casi nunca saboreamos el misticismo de los preámbulos, para mi es tan placentero o mas que el sexo.

Si la vida no se contara por años, sino por momentos que de verdad, nos sentimos vivos, yo ya sería octogenario. Tengo la gran suerte de disfrutar con los matices y la plasticidad que nos ofrece continuamente la vida.

lunes, 30 de mayo de 2011

La paloma



Este invierno parece eterno, la casa esta gélida, voy hacia el oasis de luz que entra por el ventanal de salón, desplazo hacia él mi sillón de lectura, fiel compañero de tantas aventuras, me aprovisiono de un zumo y almendras. Ya estoy listo para el viaje, noto la calidez del sol en mi rostro, cierro los ojos pensando en el placer que me produce las devastadoras explosiones de nuestro pequeño astro que la distancia lo convierte en caricias tan delicadas. Abro los ojos y veo a una paloma que me mira desde el alfeizar de la ventana, pasea tranquilamente moviendo rítmicamente su robusto cuello, me fijo en sus ojos, son rojos e hipnóticos, su mirada penetrante, como un agujero negro succiona toda mi atención.
Estoy mareado, todo esta borroso, siento frio y el sonido de la ciudad se hace ensordecedor. Caigo presa del pánico al verme tras el cristal sentado en mi sillón, mi corazón se va a colapsar de las palpitaciones que tengo, me doy la vuelta y veo la caída de cinco pisos de altura, se oye un estruendo y salgo volando.
 Ni en el mejor de mis sueños he llegado a experimentar esta sensación de libertad, todo es pequeño desde esta altura, el bullicio de la ciudad es ajeno a mí bajo mis alas. Sin darme cuenta estoy volando por los jardines del Turia, a lo lejos destacan los brillantes edificios de la ciudad de las ciencias, salgo de mi estado de euforia y me pregunto si abran más palomas como yo. Veo los jardines de los Viveros y me dirijo hacía la plaza, allí hay muchas, seguro que encuentro alguna en mi misma situación.
Allí estabas tú, sentada en un banco de madera, de tus manos caen semillas y todas están a tu alrededor, siento la imperiosa necesidad de comer, yo también a empujones me hago un hueco. Cuando me siento saciado miro a mí alrededor, pero ninguna es como yo, me siento frustrado de no poder compartir esta experiencia con nadie más.
Levanto la vista y te miro detenidamente, eres muy atractiva, femenina y elegante, me sorprende ver tus ojos con lágrimas y la mirada fija en la nada, en tu mano un papel arrugado por la presión y la impotencia. Me subo a tu rodilla para poder leerlo, me pareces muy sensible al ver que todo  es por un amor no correspondido. Noto una presión en mi ala, me asusto, rápidamente me tranquilizo al ver que  tu mano como me acaricia, me miras y me sonríes. Me estremezco cuando pasas el dedo por mi buche, siento tu piel por mi cuello, erizo las plumas por el placer que me produces, quiero abrazarte y no tengo brazos, quiero besarte y no tengo labios. Puedo hacer piruetas en el aire y ni si quera puedo decirte ¡Hola! Aunque me siento frustrado, soy consciente de que mi compañía te ayuda, me hablas como si fuéramos amigos, pero no te equivoques no soy afortunado por poder volar a donde quiera como dices, sino por estar en tu compañía, por sentir tus caricias. Me siento desgraciado de no poder decir que me he enamorado como un tonto de una extraña, que tus lagrimas quedaran en el olvido por mis besos, que aunque no tengas alas te haré volar cuando estemos haciendo el amor, que soy lo que buscas, yo por fin he encontrado lo que buscaba, eres tú, mi vida , mi extraña.
Suena una explosión y mi instinto hace que me eleve junto a mis compañeras, volamos juntas hacia la copa de un árbol cercano, miro con desprecio al niño que tira los petardos. Busco a mi amada en el banco, pero solo hay un papel arrugado, planeo con desesperación por la espesura del jardín sin encontrarla, me siento agotado y paro en lo alto de una farola, respiro profundamente, las lagrimas no me dejan ver, esta todo borroso, siento calor y paz. Me sobresalta el timbre del teléfono, me incorporo en el sillón y veo salir volando la paloma de la ventana.
-          Si ¿dígame?
-          Hola soy  Ana, vamos a ir a los jardines de los viveros a merendar con los críos, he pensado que te vendría bien salir un poco.
-          Dame quince minutos y pasas a por mí
-          Que bien, tus sobrinos se alegrarán mucho
-          Yo llevaré la comida de las palomas y se la daremos en la plaza, allí donde están los bancos
-          ¿Y eso?
-          Voy a conocer a la mujer de mi vida, no tardes, un beso.